sábado, 31 de enero de 2015

'Whiplash', una película sobre algo que no es jazz




El mes pasado tuvo lugar en España el estreno del filme Whiplash, segundo largometraje del director Damien Chazelle, responsable a su vez del guion tanto de la película como del cortometraje previo.


Whiplash llegó precedida por una significativa retahíla de premios y nominaciones; opta, sin ir más lejos, a ser elegida la mejor película del año de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, los comúnmente conocidos premios Óscar.


Será competencia del espectador decidir si ha encontrado emoción, inteligencia o entretenimiento en el filme, pero presenta algunos aspectos que quien firma este blog desea revisar. No existe el deseo de ofrecer análisis cinematográfico alguno, sino de aclarar ciertas consideraciones que merecen puntualización tras la estela dejada por la definición de Whiplash como una película sobre jazz.


Es innegable que Whiplash parte del deseo de transmitir, como mínimo, un entorno jazzístico, pues sus dos protagonistas encarnan a un estudiante de batería y a un profesor de jazz respectivamente, personajes ambos con los que el espectador encontrará grandes problemas para empatizar.


En el caso de Terence Fletcher, el docente despótico y abusivo que encarna el actor J. K. Simmons, esta dificultad para la empatía no se debe a su falta de bondad sino a su necedad.
La conexión con un antagonista no suele responder a nuestra admiración por su maldad sino a cómo reaccionamos ante la inteligencia de que suele hacer gala para cumplirla. En el caso del profesor Fletcher no solo nos encontramos ante un personaje misántropo y sociópata sino también ante la personificación de lo absurdo y, a menudo, de lo esperpéntico, y ni siquiera nos quedará el consuelo de poder achacarle, si no la inteligencia, al menos un conocimiento acorde a su desempeño profesional.

Ningún responsable de una formación que actúa en un escenario (perteneciente a cualquiera de las artes, ya sea de forma aficionada o profesional) permitiría subir al escenario a una persona ensangrentada; aunque no tengas interés alguno en si tu alumno vive o muere, lo tendrás en la imagen que presenta. Igual sucedería en la escena del último concierto, en la que sacrifica el ridículo de toda la formación y el suyo propio por humillar a un individuo sin importarle actuar ante uno de los jurados más influyentes del planeta. Tampoco parece interesarle ni la presencia de público ni, lo que es más incoherente con el personaje, su propio ego.

Todo ello excusado en el modus operandi necesario para traer a la luz al genio que puede vivir en él. Y es que, posiblemente, las palabras más repetidas en la película sean “Charlie Parker”.



Lamentablemente, las cosas no funcionan como en 
Beetlejuice, y aunque se pronuncie "Charlie Parker" 33 veces, 
un trabajo no se convertirá por ello en una obra maestra
Fletcher basa su actitud y su obsesión con Parker en una anécdota que repite en varias ocasiones a lo largo de la historia: describe cómo un jovencito Charlie Parker se unió a tocar a una jam session en la que le fue lanzado un platillo para hacerlo callar, y que esta agresión le hizo practicar tanto que cuando volvió a presentarse un año después hizo historia.  


Son comprensibles retoques efectistas en el guion por motivos dramáticos pero no parece tan razonable cuando la anécdota elegida resulta ser la piedra angular de la narración, máxime si es descrita por un especialista en la materia y un obseso de la figura de Parker, que sin duda se habría documentado sobre aquel hecho durante la adolescencia de Bird cuando, efectivamente, al unirse a tocar un tema con profesionales, perdió el compás. Cuando el gran Papa Jo Jones se cansó de llamarle la atención en vano con su instrumento, tomó un platillo y lo dejó caer al suelo, consiguiendo así hacer parar a Parker; de modo que no, Jo Jones nunca convirtió su instrumento en un arma de la revolución francesa.










Otro personaje con el que no es posible empatizar es su otro protagonista, Andrew Neyman. Si te riges por la máxima de convertirte en una figura mítica de la música, hacer historia y dejar un halo de gloria tras tu muerte, lo lógico es enfocar tu admiración en un genio indiscutible y no en un músico como Buddy Rich, que, si bien ganó una merecida fama por su dominio de la batería, no podemos decir que sea considerado uno de los grandes. Si además eliges el jazz como el camino para conseguirlo, la práctica continua es, claro está, conditio sine qua non —hace pocos meses el mismo Sonny Rollins contaba cómo a sus 84 años aún practica continuamente todos los días—, pero hay pocos géneros tan improductivos si se enfocan desde la soledad como el jazz.


En Whiplash es difícil encontrar jazz. No se encuentra la improvisación ni la creación en ninguno de sus fotogramas (no existe una sola jam session), no hay una sed de embeberse en el jazz (no encontraréis al estudiante de batería escuchando a los grandes maestros de su instrumento ni de otros instrumentos), no hay curiosidad por la música (no hay estudio, no se acude a escuchar conciertos, no existe interés por este género ni por otros), no se muestra respeto ni a la música ni al escenario (mucho menos a los colegas de profesión, básicamente maniquíes en esta historia), y, sobre todo, gira en torno a un enfoque tan desacertado como el de pretender que haya existido y pueda existir un músico de jazz que haya llegado a serlo a base de practicar solo.
Por ello, queda en la crítica especializada y en los espectadores la discusión sobre los aspectos de que pueda carecer o en los que se exceda Whiplash, un filme enfocado en cierta temática, pero no una película sobre jazz.


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