domingo, 19 de enero de 2014

Tres buenos discos de 2013



Lo sé. Sé que ésa no es la expresión al uso. Lo suyo es enunciar "los mejores discos de 2013" o quizá "lo mejor del año". Pero yo no estoy en posición de poder escribir algo así, sencillamente porque no es posible escuchar todos los discos que se han publicado. Socrática que es una.

Al margen de no poseer los medios necesarios para tener la suerte de escuchar muchos trabajos, estoy convencida de que habrá tantos discos que me son ajenos alrededor de todo el planeta, que no sería honesto por mi parte decir otra cosa. De modo que, de entre los discos publicados en 2013 que he escuchado, quiero proponeros tres elecciones. 

Voy a comenzar con la opción que más polémica podría crear por aquello de los desencuentros de la crítica, la pertenencia al star system y demás zarandajas.


Se trata de The Jazz Age, de Bryan Ferry, editado por BMG. 

El disco es el resultado de la adaptación de 13 temas de Ferry al estilo de los felices años 20 y 30; y el verdadero artífice de este trabajo es el arreglista Colin Good, que ha conseguido crear un mundo divertido, elegante y cargado de una nostalgia auténtica. Su capacidad para transformar los temas de Ferry en algo que podría ser confundido con un estándar de ragtime o dixieland es sobresaliente. 
Cuando el humor y el talento se unen, siempre dan buen fruto.

Dudo que a alguien pueda sorprenderle saber que éste ha sido el disco con peores ventas de la carrera de Bryan Ferry; o al menos lo fue hasta que Baz Luhrmann incluyó uno de los temas en su versión de El Gran Gatsby. Y a partir de ahí, Prosperidad, claro está.

De hecho, la banda de jazz tiene una agenda muy activa de la que forma parte en propio Ferry, pese a que, al tratarse de música instrumental, él no tome parte en la actuaciones. Parece ser que se queda entre bambalinas, al más puro estilo Goldkette, pero sin puro.




Mi siguiente propuesta es Out Here, de Christian McBride (Mack Avenue Records).

El disco es una lección de lecciones. En Out Here se muestra Jazz. Sin artificios aparentes. Sin necesidad de fusión para comunicar. Es un ejemplo de que el jazz puede evolucionar y mantenerse fiel a un mismo tiempo; tener carácter, ser flemático por momentos e inalcanzable en un instante.

Un trabajo tan bien ensamblado está apoyado en los tres pilares que conforman el trío: su líder, el contrabajista Christian McBride; Ulysses Owen Jr. en la batería, y Christian Sands al piano. Trío clásico de jazz que da una lección de modernidad bien entendida, de elegancia, de buen gusto y de respeto por lo heredado.



Precisamente es el Respeto, así, con mayúscula, la espina dorsal del tercer trabajo que propongo. Se trata de The Art of Respect, de Guillermo McGill (Youkali); un trabajo para una y muchas vidas. 
No podría explicar lo que sucede en este disco mejor que el propio Guillermo McGill:

“Este es el álbum que siempre soñé grabar. Desde que tenía 14-15 años, cuando escuchaba mis primeros discos y comenzaba mi formación como músico de Jazz, lo que deseaba era, algún día, poder tocar junto a estos señores que ahora salen en los créditos de mi quinto disco.
Por fortuna, ya hubo anteriormente ocasión de tocar junto a ellos por separado: con Dave Liebman me une una amistad desde hace unos 25 años, 5 grabaciones y bastantes conciertos; con George Mraz he grabado tres CDs, y con John Abercrombie tuve la oportunidad de tocar en Irlanda hace unos 20 años… El resultado se puede escuchar: compromiso absoluto con las composiciones, comunicación constante (y de la más excelente calidad), solos incontestables y un sonido general inmejorable. Es decir, respeto entre las personas, hacia la propia música y, por tanto, hacia sí mismos. Esto es lo que ocurre cuando compartimos música con verdaderos Grandes Maestros.”

He de decir que, efectivamente, un "compromiso absoluto" es lo se percibe cuando se escucha este trabajo. Hay honestidad en todo él. 
Resulta una suerte de viaje por rostros, lugares, sensaciones e ideas. Se desarrolla con sentido, con coherencia, y en ocasiones se convierte en un tramo vital envolvente, como un canto de sirena irresistible y emocionante.

El marco del respeto que canta el acertado título del disco es omnipresente y francamente dignificante para quien escucha.



En un año que en un principio podría resultar agridulce en la escena discográfica, debo rectificar ante la fortuna de haber podido pasear entre los tres mundos que ofrecen estos discos.





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